En determinados momentos, cuando me gusta contactar conmigo misma, me siento en una parte de la terraza que es especial para mí, justo al lado de la palmera.
La esquina de la terraza es el lugar más abrigado del viento, cuando el día se presenta soleado me siento apoyada en la pared y me dedico simplemente a observar, en otras ocasiones comienzo a jugar con mis perras. Tengo tres perras, una de ellas es una caniche ya un poco anciana cuyo único objetivo en el mundo es capturar la pelota que le lanzo. Ella puede jugar de esa manera durante más de una hora sin agotarse lo más mínimo (la que termino exhausta soy yo), eso sí, con permiso de la labradora, cuyo único afán es capturar el juguete y quedárselo para ella sola. La verdad es que a veces le agradezco que no nos dé la pelota ni a la caniche ni a mí y así descanso un poco.
Siempre desde pequeña me han fascinado las palmeras, supongo porque crecí viéndolas justo al lado de las casas de indianos que pueblan Asturias y siempre que puedo me rodeo de ellas.
La palmera de la terraza es especial para mi, cuando la observo con detenimiento, sentada en el suelo, se despliega ante mi un microcosmos mágico en el cual dejo volar mi imaginación… si elevo la vista al cielo y observo, sus hojas me parecen estructuras gigantescas, el tronco, en el centro del mundo, simula una cordillera inmensa desde donde nace un árbol de la vida. Al norte del continente florece una jungla tropical de árboles y helechos que se intenta extender hasta la cima de una montaña, en el oeste se hallan las casas de l@s poblador@s (de los que nadie ha podido dar cuenta de su aspecto) y una rana gigantesca, pero de aspecto bonachón, saluda a l@s viajer@s que se atreven a explorar las suaves colinas. Hasta donde mi vista alcanza, las praderas verdes con pequeños árboles salpican el paisaje…
Hoy no he podido sentarme a contemplar uno de los infinitos mundos que conforman mi universo pero me hace ilusión mostrároslo.
Un abrazote :-)
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